Este artículo retoma, para nuestros lectores, una idea que Daniel Reyes Pace planteó en su columna “Envejecer sin sindicato, sin partido y sin parroquia”, publicada en El Mostrador: el uso intensivo de pantallas no es un rasgo exclusivo de los jóvenes.
Crecer en una época de cambios acelerados
La tarea de la adolescencia es, en buena parte, construir una identidad propia: decidir en quién confiar, a qué grupo pertenecer, qué se quiere y qué no. Ese trabajo se hace mirando el mundo adulto y las referencias disponibles. El problema no es que los adolescentes de hoy sean distintos, sino que el mundo que observan cambia más rápido que antes: el trabajo, la tecnología, las formas de familia y el modo en que circula la información se transforman en pocos años.
Ese ritmo es exigente para cualquiera. Muchos adultos también sienten que van un paso atrás de los cambios. Conviene tenerlo presente, porque cuando algo le cuesta a un adolescente es fácil leerlo como un defecto de su generación, cuando muchas veces es la versión joven de una dificultad que compartimos todos.
Las redes sociales: un desafío que no es solo de ellos
Las redes sociales plantean desafíos reales: la comparación permanente, la sensación de estar siempre disponible, el efecto sobre el sueño o la exposición pública. Son cosas que vale la pena conversar y acompañar. Pero el relato que presenta las pantallas como un vicio propio de los jóvenes es engañoso.
En Chile, el uso intensivo de internet entre los adultos es tan alto como el que solemos atribuir a los adolescentes: según datos de Subtel, un 52% de los adultos pasa más de cuatro horas diarias conectado. Si el objetivo fuera “usar menos pantalla”, el problema no sería exclusivamente adolescente. Por eso la tarea no es demonizar a los jóvenes ni prohibir sin más, sino ayudarlos a desarrollar criterios de uso —algo que, en el fondo, los adultos también estamos aprendiendo.
Cuándo conviene consultar
No todo malestar adolescente requiere terapia: los altos y bajos, el mal humor o el querer más independencia son parte esperable de la etapa. Consultar tampoco es exagerar. Es razonable buscar orientación cuando el malestar se sostiene en el tiempo o cuando aparecen señales como:
- Ánimo bajo, desmotivación o tristeza que se prolongan
- Ansiedad o angustia que empiezan a limitar la vida diaria
- Aislamiento, retraimiento o pérdida de interés en lo que antes disfrutaba
- Cambios marcados en el sueño, la alimentación o el rendimiento escolar
- Conflictos familiares o con pares que escalan y no encuentran salida
Consultar a tiempo no es sobrerreaccionar: suele hacer el proceso más breve y evita que las dificultades se instalen. No se necesita un diagnóstico previo ni esperar a una crisis para pedir una primera conversación.
Por qué con especialistas
Acompañar a un adolescente no es dar buenos consejos. Es un trabajo clínico que requiere formación específica: generar confianza con un joven que muchas veces llega a la fuerza, resguardar su confidencialidad, involucrar a la familia sin romper ese vínculo, y distinguir la turbulencia propia de la etapa de las señales que sí requieren atención. Cuando corresponde, también implica coordinar con el colegio o con un médico.
Nada de eso lo reemplazan los contenidos genéricos de internet ni la buena voluntad de los adultos cercanos. Por eso importa que el proceso lo conduzcan psicólogos con experiencia en esta etapa.
Cómo acompañamos en SUBJETIVIDADES
La terapia para adolescentes en SUBJETIVIDADES la atienden Allison Rowe Carrasco y Fernando Bravo Matheu, psicólogos clínicos con experiencia en la atención de adolescentes. El trabajo ofrece un espacio propio y de confianza para el joven, con espacios de conversación con la familia cuando aportan al proceso, y se realiza de forma presencial en Ñuñoa o por videollamada para todo Chile.